En el centro mismo de la ciudad de Nom Pen, capital de Camboya, existe un recinto mediano, compuesto principalmente por cuatro bloques de edificios en forma de «U» y dos patios centrales externos, con zonas ajardinadas, que otrora fue un instituto de educación secundaria para los jóvenes camboyanos que querían estudiar y formarse. Su nombre anterior era Colegio Tuol Svay Prey.
Con la llegada al poder de los Jemeres Rojos en 1975, con su líder Pol Pot a la cabeza, este prestigioso instituto habría de convertirse durante los cuatro años posteriores en una temible prisión y campo de ejecución y torturas del sanguinario régimen comunista. Se estima que entre 12.000 y 20.000 personas perdieron la vida en Tuol Sleng.

Hoy en día, y desde 1980, el recinto se ha convertido en un museo del horror. Yo lo visité a finales de 2019, cuando el lugar estaba a punto de cumplir su cuarenta aniversario como museo. Por ahí tengo apuntado que pagué 8 dólares por la entrada con audio guía incluido, por aquel entonces.
Entrar en aquel lugar frío y cercado por altos muros de hormigón produce una sensación realmente escalofriante. Uno no deja de pensar cómo pueden pasar cosas así, en un lugar en apariencia tan pacífico y construido para tan nobles intenciones como es la educación de aquellos que aún no son conscientes de su potencial pero que representan el futuro de cualquier nación. Pero siempre en esos momentos siempre vuelve a mi mente una frase dicha por mi admirado Mario Conde: «es el hombre«. Somos capaces de lo mejor, y de lo peor. A partes iguales.

El recinto se compone principalmente de cuatro grandes bloques de edificios enumerados en A, B, C y D. En todos ellos hay múltiples habitaciones, que otrora fueran aulas donde los jóvenes camboyanos se formaban y preparaban para enfrentarse a su futuro, y posteriormente reconvertidas por los jemeres en celdas de pesadilla que albergarían horribles torturas y asesinatos. Como decía en el documental un afín al régimen que trabajó en aquella prisión: «desde el momento en el que entraba alguien a S-21 como prisionero, para nosotros ya era un hombre muerto, así que lo tratábamos como tal».

Los motivos que te podían llevar a pasar tus últimos días en la prisión de Tuol Sleng eran muchos y muy variados en aquella oscura época. Por ejemplo; llevar gafas o parecer intelectual era uno de ellos. Haber estudiado o trabajar en profesiones «burguesas» era otra de ellas. Haber trabajado para el gobierno anterior, ya sea de policía, militar, empleado del estado…
Algunas otras incluso mucho más impactantes eran el haber tenido un pasado urbano o una vida «moderna», donde hubieras vestido ropa occidental, hayas tenido relojes o cuadernos, o simplemente supieras conducir. Tener contacto con extranjeros también era un motivo claro para ser detenido. Haber viajado fuera, hablar francés, inglés u otro idioma, o incluso tener familiares viviendo en el extranjero.
Y por supuesto nunca podían faltar, como en cualquier régimen comunista totalitarista, las denuncias falsas por parte de enemigos, elementos con poder a los que no caías bien o incluso vecinos envidiosos. Esto es un elemento común en este tipo de regímenes.

El reglamento de la prisión era el siguiente:
1. Responde adecuadamente a mi pregunta y no la desestimes.
2. No ocultes hechos poniendo pretextos de esto y aquello, tienes estrictamente prohibido desafiarme.
3. No te hagas el tonto por ser un tipo que se atreve a frustrar la revolución.
4. Responde inmediatamente a mis preguntas sin perder el tiempo reflexionando.
5. No me hables de tus inmoralidades o de la esencia de la revolución.
6. Mientras recibas latigazos o electrificación, tienes prohibido llorar.
7. No hagas nada y quédate quieto esperando mis órdenes. Si no hay ninguna orden, quédate en silencio. Cuando te pida que hagas algo, hazlo inmediatamente sin reclamar.
8. No inventes pretextos sobre Kampuchea Krom (Baja Camboya) para ocultar tu secreto o traición.
9. Si no obedeces todas las reglas anteriores, recibirás latigazos con alambres eléctricos.
10. Si desobedeces cualquier punto de este reglamento, recibirás diez latigazos o cinco descargas eléctricas.

Los guardias torturaban a los prisioneros hasta el punto de inventarse estos un testimonio falso que los inculpara de lo que fuera, para terminar de una vez con aquella agonía. Una vez habían «confesado», eran asesinados. Los guardias eran obligados a obtener un testimonio de los prisioneros a la fuerza, ya que según sus líderes «todo el que entrara en S-21 era irrevocablemente culpable de algo». La mayoría tenía que inventarse ser culpable de algo, incluso dando nombres de presuntos cómplices, los cuales se inventaban también.
Curiosos y terroríficos algunos de los lemas que este régimen grabó en la mente de sus seguidores: «el Angkar nunca se equivoca» o «mejor asesinar a un inocente por error, que dejar marchar a un posible enemigo».

Entre las innumerables víctimas de este oscuro lugar se encuentran tanto extranjeros como nacionales. Hubo incluso algunos estadounidenses y europeos que fueron testigos y víctimas en primera persona de la prisión y sus carceleros. Por supuesto, la inmensa mayoría eran camboyanos propios, que sufrieron y murieron bajo las manos de sus propios compatriotas, a veces siendo incluso familiares directos de estos, lo que hace que la historia sea aún más trágica y aterradora si cabe. Se conoce que hasta el mismo director de Tuol Sleng, de nombre Kaing Guek Eav, puso en la misma a dos de sus cuñados y los hizo ejecutar posteriormente.
Si te parece que la historia de esta prisión está siendo cruda y sangrienta -que lo es- imagina que ésta fue tan sólo una de las más de 150 prisiones y campos de exterminio que se crearon en todo el país durante esos oscuros cuatro años de gobierno comunista de los jemeres rojos.

Recorriendo aquellas frías aulas, que fueron testigo de tanto sufrimiento y agonía en un momento puntual de su existencia, vine a dar con una en concreto que es parte de la memoria de todos los que allí perdieron la vida. Cientos y cientos de fotografías apiladas, tanto de hombres, como de mujeres, y también de niños (de todas las edades), con la mirada fija al frente, rostros impasibles, algunos asustados, otros serios, parecen pedir auxilio desde lo más profundo de la imagen.
Lo más cruel y duro fue ver las fotografías de los más jóvenes. Apenas niños indefensos que allí dejaron su futuro, su vida y todas sus esperanzas.

Durante las cinco horas largas que estuve en aquel lugar (1 hora y 45 minutos las consumí en el documental), intenté ser lo más respetuoso posible y no hacer demasiadas fotografías en aquellos cuartos, pues estaba prohibido, tan solo saqué las que aquí muestro.
Al salir por las puertas del bloque D, al final ya de mi recorrido, me encontré de frente con una persona tras un «stan» vendiendo libros. Era un libro bastante voluminoso, escrito en inglés. Me fijé que trataba de la historia en primera persona de uno de los supervivientes de aquella locura. Tan sólo doce fueron las personas que pudieron salir con vida de Tuol Sleng, o prisión S-21. Este hombre era uno de ellos, el autor del libro. Para mi desgracia, en aquel momento en el que me encontraba yo viajando como mochilero, no podía permitirme acarrear con un libro de semejante peso y tamaño, y me arrepiento enormemente de no haber podido colaborar con aquella persona, tan especial en parte, un trozo vivo de aquella oscura parte de la historia de Camboya.

Creo que es importante reseñar aquí que durante el régimen de los Jemeres Rojos falleció, directa o indirectamente por el mismo, el 25% de la población total del país. Si en ese momento el país contaba con unos 8 millones de habitantes aproximadamente, te puedes imaginar que fueron 2 millones de personas las que por ejecuciones, hambre u otros motivos derivados perdieron la vida en aquel corto periodo de apenas cuatro años. Una absoluta barbaridad.
En los últimos momentos del régimen, como pasara también con el nacionalsocialismo alemán, Pol Pot, líder de los Jemeres Rojos, entró en un estado constante de paranoia que propició la ejecución de muchos altos cargos del régimen, sin contar los innumerables soldados y seguidores comunes. Al igual que Hitler, Pol Pot veía traidores y enemigos hasta en su más intimo círculo de amistades.
En sólo unos días, el 7 de enero, se cumplirán exactamente 46 años de la caída de este sanguinario régimen. Sin saberlo ni planearlo, ha coincidido la fecha de publicación de esta entrada con el aniversario de su caída, lo cual me enorgullece enormemente.



